Entre Espolones y Crestas Recortadas

Texto Jorge Eliécer Rothschuh y Foto de Mario Jose Tapia

A Mario Tapia, gente de gallos

Sueña Tapita Sirias con el canto de los gallos, ese canto lejano e íngrimo en el fondo de la noche que tanto martirizaba al poeta Luis Alberto Cabrales. Reclamo belicoso o cortejo ritualizante animan el abismo del desposeído gallero señalándole eternidad del mito.
Todos los amaneceres del mundo Tapita despertaba junto a sus aves guerreras, se levantaba atrincherado bajo un halo de miseria, redimiendo años de gloria en las canchas tumultuosas de los días sin tregua. Jubilado y sin patrimonio, robustecía el porcentaje de viejos mantenidos por la fidelidad de sus pasiones. En la casa de Tapita se respiraba el espíritu de Bankiva, primer gallo rojo de la jungla malasia.

Recorrió el escalafón con muchísimos alzos. Superó torneos difíciles ataviado de dignidad y eficiencia, obteniendo máximas calificaciones. Astucia y capacidad consagraron su ingenio. Criaba y amarraba Caballos de Guerra, Asil, Shamo, Españoles, Jimmy Johnson, Butcher, Jerezanos, Hatch, Cabezas Redondas, Tártaros, Lagalé, Texas Ranger, Rolling y otras razas que aparecían dentro de las galleras cual obra del espíritu santo en la repartición de los panes.
Había aprendido por mera experiencia que el tamaño de la cría lo da la gallina; que los españoles —esos combatientes moros que nunca abandonaron la Spannia— son los mejores pegadores de cuello y cabeza; que los gallos no son solo raza, también es buen manejo; que los galleros tienen que saber recordar los combates para corregirlos y reprogramarlos en el sueño.

DOS

Con suma destreza aplicaba la etología propuesta por Timberger o Lorenz. Lector imaginario de pleitos plumíferos predecía resultados; su visión de pitonisa ilustrada la encontró sin proponérselo, amarrando encuentros por el ansia de contiendas vecinales. Crecía entre batallas gálicas.
A los pocos años de vida enloqueció. Apostaba. Ganar era el motivo de su obsesión. Pero la pedagogía avícola en esos menesteres le indicaba otra cosa, tenía que aprender lentamente ese proceso educativo de navajas, amarres, dietas, plumajes y soltadas.
Tenía que acercar su oído a los reglamentos para gallos de pico, dentro de los cuales deben incluirse el de espuelas redondas, puyón argentino, gallos aserrados y blasón de filo de dos y tres líneas ya que cada especialidad conserva características muy particulares en cada tipo de torneo.
Tapita acumulaba conocimientos, convirtiéndose en reproductor, criador, cuidador y amarrador de aves finas con la religiosa paciencia de genetista lírico. El palenque honraba su vida; su experiencia las corridas dignificaba.

TRES

La figura de un gallo, me decía Tapita, es poética. Representar a un gallo de combate, alegre, presto a desafiar su vida contra la de su adversario, es igual si representaras un acto amoroso, agotador, falleciente, cercano a la muerte.
Tapita no andaba despistado. La figura del gallo Asil descrita por Juan Serra Planells tiene adjetivos tantos como el poema Blasón de Rubén Darío. El primero se apega fielmente al fenotipo del ave y el segundo al creacionismo modernista encarnado en el cisne de estirpe sagrada. La referencia al gallo en la obra poética de don Rubén son gallinas y pollos, tal vez, listos para suculento brindis, pretextos que viven lejos de las canchas de combate. El estilista puede justificar al olímpico cisne de nieve o al centauro amante de ninfas, bajo un mismo intelectualismo pasional. Rubén, querido Tapita, era hombre de paz, casi todas las veces escapó ileso de la turbulencia de la plebe y de la chabacanaría de alta alcurnia, los sabios consejos a Sonatina son esos: “quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras. . . ir al sol por la escala luminosa de un rayo” .

Francisco Gutiérrez Soto escardó en la Obra Completa de Darío, 1382 animales (143 diferentes): aves, pájaros, palomas, caballos, águilas, leones y ruiseñores aparecen con más frecuencia. Nuestro gallo combatiente, querido Tapita, no aparece en los anaqueles darianos. Tus deseos de verlo en el pincel del Maestro quedan esparcidos en el aire esperando respuesta.

CUATRO

La gente del pueblo de Juigalpa siempre encontró credibilidad en el honor de Eudoro Suárez, Adolfo Navarrete, Pancho Villanueva y Domingo Reyes, árbitros de galleras que impartían cátedra de justicia todos los domingos, no a los pobres jodidos del ruedo sino a los meros magistrados de la Suprema Corte de la Nación. Los fallos de los Jueces de Valla eran inapelables, su compromiso era con la justicia: la familia, la amistad, las clases sociales, la religión y los partidos políticos les valía madre en esos momentos de contiendas gallísticas.
Jugar gallos siempre ha sido cuestión de equidad universal, integridad propia, decencia pública. Se deben aceptar derrotas, reconocer errores y admitir debilidades. Ser imparcial en la cancha significaba mostrar verdadera hombría y sabiduría plena. A los jueces caracterizaba rectitud inquebrantable, ya que entonces los reglamentos no se aplicaban o las asociaciones de galleros no existían. A esos patriarcas les sobraba honradez para satisfacer a una ciudadanía exigente, traicionada secularmente por las autoridades judiciales.

CINCO

Tapita de Dulce compartió suerte con habilidosos galleros. Rito Lumbí, Julio Miranda, Moncho Lovo, Chabelo Benítez, Israel Ugarte, Néstor Lanzas, Teodoro Cruz, Denis Artiles formaban parte de su frente valeroso, plantaban la espera para amarrar apuestas contra rápidos carniceros de José Antonio Quintanilla, Miguel Gómez, Fernando Abaunza.
Los hermanos Castro habían hecho historia: Plutarco, Abelardo y Napoleón viven en el Salón de la Fama de Galleros Victoriosos. Y el reto de Pancho Bendaña contra Eudoro Suárez, ofendido por supuestas marrullerías del viejo Eudoro, nunca concluyó en el callejón de los muertos; los quinientos gallos del regimiento de Pancho García se quedaron picoteando las madrugadas jubilosas en señal de duelo.
Envejecido en su sombra, Tapita trastabilla entre espolones y crestas recortadas. No se siente vencido, rápido se levanta y con giros de animal joven embiste el aire, muerde fuerte, veloz golpea y arremete su casta hablándonos como si estuviese herido de muerte. Remueve belicosos aleteos anunciándonos con su grito de batalla que vivirá soñando sus últimos días de gladiador invencible.


Galleros de Masachapa

Articulo de la Revista Cultural Gente de Gallos, Enero-Febrero 2015