El último día del futuro

Parte final del capítulo Primero de la novela Margarita Cantillano o “El Último día del futuro”

Carlos Alemán Ocampo (*)

– Alisten reales, ya lo logré -llegó gritando Manuel Esteban, mientras agitaba un gallo en la mano. Llegaba al final de una larga jomada que comenzó con Chechepe. Varias generaciones aventadas a la persecución de un quebrantahuesos. Progenitor de un gallo feroz. Invencible, no por las maseadas, por el orgullo de ganar el gallo. Porque con los gallos se siente en carne viva la humillación del gallo herido.

Con el sol a medio cielo se llenó de fuerza el clamor mantenido en advocaciones y juramentos a Chechepe. Oraciones a la Mano Poderosa. Promesas a San Sebastián y a la Virgen de Candelaria. Hasta que se ablandó el sexo de un quebrantahuesos. Es cierto que el polvo no fue como lo echan los gallos, lo dejaron tocarle el pico. La miró profundamente. Aquietaron a la gallina con sales de esencia de jilinjoche que, a la par de aquietarla, la ponían inquieta de pensamiento. Tentaba al animal que fuera. Quedó rigiosa buscando macho. Un suspiro cundió entre los mozos que se estaban asomando cuando vieron que el quebrantahuesos se revolvía de ansiedades. La gallina de vez en cuando levantaba la cola. Se insinuaba con tentaciones. Al quebrantahuesos se le metió un padecimiento de temblores cada vez que miraba a la gallina pasándole adelante. El quebrantahuesos dejó de ver a la gallina como comida. Un día el aire amaneció inquieto. Hasta los hombres no se querían salir de la cama de sus mujeres. El gallinero estaba impaciente, un olor a polvos pesaba desde largo. Brillaron las alas por el resplandor negro del quebrantahuesos. Los presentes, por instantes, enceguecieron para abrir los ojos ante el rápido aleteo negro sobre la gallina. -¡La machucó! – exclamó maravillado alguien.

Las mujeres salieron alarmadas porque los hombres corrían saltando con gritos: – ¡Le echó el polvo! ¡Buen polvo! ¡Viva el polvo! ¡Quedó bien pegada! La Amalita, la orgullosa gallina que recibió el polvo, fue cuidada con esmero en la comida y la bebida. Cerca le anduvo una peste de gallinas que pasó por Niquinohomo, pero la neutralizaron con la imagen de la Mano Poderosa puesta en la propia entrada del gallinero. La cuenta de los días de los huevos, fue llevada con mucho cuidado y secreto. Al cumplirse los veintiún días comenzaron a picar las cáscaras de los huevos, uno de ellos salió bocón, lo que no dejó márgenes de duda sobre el éxito de años y años de fe familiar en los gallos y de la verdad de lo predicho por Chechepe. Lo cuidaron de los malos vientos y le pusieron enfrente varios tipos de comidas para ver por cual se inclinaba. La alegría fue que comiera como pollo.

Varios Namoyure les habían sostenido la paciencia. Les aconsejaban esperar tranquilos, llegaría el momento, cuando uno de ellos, más adelante, lo lograría. Lo único que no les gustaba era que siempre les repetían:

-El que lo logre, será su muerte. Lo que Manuel Esteban logró fue precipitar las mezclas para que los descendientes del quebrantahuesos cantaran como gallo. Aunque siempre conservaba la sangre, en los cruces iba mudando los matices. El primero salió casi puro quebrantahuesos. Hasta volaba. Lo tenían que mantener amarrado y con las alas recortadas para que no escapara. Hubo uno al que se le descubría el origen cuando caminaba porque lo hacía como los zopilotes: dando brinquitos; tenía las alas muy largas y las patas débiles. Otro se impulsaba con las alas y las patas las ocupaba para sostenerse. Otro que caminaba con las alas abiertas. La preocupación mayor fue cuando lograron el cruce con una gallina afamada, madre de buenos gallos. El polluelo salió bien, cercano al gallo, caminaba con el pico para adelante. Apenas medio se le encrespaban las plumas del cuello cuando iba a pelear. Todavía era quebrantahuesos.

Quebrantahuesos pero machucador de gallinas. Manuel Esteban sentía rondar el deslumbre de las ambiciones. Acariciaba en las finas alas todavía negras, la esperanza de los sueños. Entusiasmado se entregó al cuido preciso, con la certeza de los próximos alaridos de victoria en las galleras. El Alisado, el cuarto o quinto pollo de la generación, una madrugada sorprendió a todos con el canto, anunciando el amanecer. Dio la señal del puro gallo, con pizcacha de sangre de quebrantahuesos, la necesaria. Se le reconocía porque atacaba por arriba y hundía la navaja en el lomo y no en la pechuga como los otros.

– ¡Que se ponga un bueno! Quiero gallos, no porrones. Desde la puerta, sobre el caballo, Manuel Zabala de Nandaime: ¡Hola mi amigo! ¿Cómo le va? Queremos ver cómo salen ahora… desde el otro día en Masatepe los dejamos regados. Aquí en este pueblo se dan buenos gallos… somos de los mejores criadores. Cuando nos ganen un torneo en buena ley podrán hablar, por ahora aguanten, no han sacado… ¡Te vas a tragar lo que estás diciendo! ¿Que se trae Compadre Manuel Esteban? ¡Vení vos Guillermo Selva, para acá! Teneme el gallo, a vos te lo puedo confiar. ¿Y esa gritadera? ¡Otro gallo clavando pico! ¿Cuál es un muchacho que vino del Arroyo, de los Téllez? Los están acabando con los gallos… hasta los masatepinos están aguantando. ¡Que se esperen un tantito! ¡Que se me ponga un bueno! Traéte una cerveza. ¡No, nada de guaro! Esto del guaro no. Quiero que nadie de los que están cerca de mi lo pruebe. Venga Don Manuel Esteban, aquí le tengo una jaula especial para su gallo. Gracias, hombre Alberto Tapia, fijáte que quiero jugar temprano. Este es el Congo que te dije, lo he estado cuidando… Momento, nadie tiene derecho a buscar de humillar ¿Y quién humilla? Usted amigo, diciendo babosadas; si su gallo ganó quédese tranquilo y sigue jugando; si perdió, resígnese. Esto de los gallos es así. Apartémonos de aquí, no quiero problemas. Estos están picadones, acarrean problemas. Ve Guillermo, ¿cuál de los gallos creés que esté listo para pelear? Los Nandaimes vinieron con buen lote, ¿qué esperan para amarrar? ¡Claro, aquí lo estaba esperando! Va con ella navaja de media pulgada. Gallo de casta pelea fino. ¡Sáquese la plata! Lo que manda es la palabra. Cuando dos hombres de palabra hablan, apenas se escuchan las cantidades entre sí, porque las deudas de gallo son sagradas… ¿Y esa bulla? ¡Otro gallo de Nandaime que ganó! ¡Se llevó en dos patadas al gallo del Turco! No se preocupe, que venga a casar conmigo para que le hagamos buena plata a Nandaime ¡Turco, vení para acá! Estoy en la calle, tres gallos me quemaron hoy… No te preocupés, ya los vamos a vengar… Vení, tomá estos reales y andá apostá por fuera. ¿Cuántas libras dice que pesó? Tres y media. ¡Se la doy por una onza de ventaja! ¡Sale, venga amarre!

Guillermo Selva tomando el protector de la pata, con sumo cuidado. Tactando el tronco del espolón. Centrando la punta fina, casi una aguja, fijándose con firmeza a la pata del Congo. Tomando de nuevo saliva para deslizar la mano por la pata. Ahora viene la navaja. El Congo tranquilo estira la pata. Gallo educado. Hecho para buenas lidias. Tranquilo con su amo, feroz con su enemigo. Ya lo verá. El hilo encebado cubriendo la protección de la pata. No puede quedar ni un milímetro desajustada. Cada mínimo trozo se va ubicando. Silencio alrededor. Una rueda de hombres cubren alrededor de Guillermo Selva, ennavaja con el rigor necesario para un buen gallo. Con la corrección que le da la fama de perfecto. Todos están atentos a la maestría de unos dedos fuertes que precisan una navaja tan fina para que vaya de acuerdo con el tiro de la pata que, al encuentro, no se vaya en falso. Cada patada directamente a cortar, ir aniquilando al otro gallo. Con media pulgada la pelea es fina, de resistencia y aguante.

Las heridas son poco profundas y aguanta el gallo de más fina casta. El gallo que no está bien cruzado se corre o cacarea. Es trabajo de filigrana con la navaja. El mismo Guillermo sale adelante y toma al careador para precisar si ha colocado bien la navaja, el protector de cuero que cubre la navaja golpeó al careador en la cabeza. El Congo debuta con un salto a la altura de los brazos de Guillermo ¡Ese gallo vuela! ¡Cuidado se corre! ¡Echale! ¡Echale! ¡Cojo! ¡Voy! grita el hombre desde los asientos. Contá… si querés tenelos. Hablá, con tu palabra basta… ¡Pongo! ¡Voy congo! ¡Voy congo! ¡Voy congo! ¡Agarro! Los Gallo se picotean. El juez está al centro. Guillermo espera ver de qué lado soltarán el otro gallo. Pedro Zabala está quieto esperando que lo suelte Guillermo. Guillermo detecta que el gallo tirará a la izquierda, hace un movimiento rápido y suelta. Se atacan, salta, se trenzan… y el Congo vuelve a saltar y cae sobre la cabeza del gallo chile que atacaba de frente. Dos saltos nada más. El juez se acerca. Se para la pelea. Los Nandaimes quedan picados por la forma de la caída del gallo. Luis Talavera sale con otro gallo. Guillermo tocó la navaja, ensalivó y comprobó el filo, seguía correcto, otro gallo menos… y siguen los gallos y más gallos… y el Congo como si nada. Once gallos seguidos. Y se pararon las maseadas. La gente de las graderías se quedó quieta, sin masear viendo al Congo que se movía tranquilo y a José Esteban que se había metido eufórico a echarlo. Y comenzó a rodar el rumor… Algo me suena raro…, las cosas no van a terminar bien… ese gallo ha sido cuidado por Namoyure… ese es el hombre que cura locos… dicen que hasta revive gente.

Nunca han tenido los Girones un gallo que aguante tanto… son cosas de Namoyure o más allá… mejor apartarse de esta gallera, algo puede terminar mal. Los rumores aumentaban… lo que gané es suficiente, los que no se avivaron después del cuarto gallo se fueron palmados de plata… así no se ganan los gallos, toda esa gente de Nandaime pelea honrado. Vamos a quedar mal… con la gente del Diriá no se puede… ellos juegan al enredo. Ese gallo venía preparado. Se terminó la última pelea, Namoyure salió con el gallo sin dejar que nadie se lo tocara. Manuel Esteban dijo que si tenían interés, les vendía los polvos del gallo, aunque nada más pueden tener derecho a un polvo en una gallina, si sale pegada es su suerte. Se quedó platicando con Alberto Tapia que lo llamó aparte para recomendarle:

-Mejor váyase para su casa, la gente quedó ardida. Creo que todo ha sido honrado, pero la gente humillada por los gallos se siente adolorida. Esta tarde se fueron gallos de los buenos, y con todas esas ventajas que estuvo dando a la gente la dejó intranquila. Manuel Esteban se fue al caballo, mientras montaba se despidió de Tapia y decidió dar su vuelta por la barrera de toros y por los chinamos, fugazmente pensó en las putas y se lo dio a entender a los dos criados que andaban con él, pero desechó la idea. En la calle, al pasar por la casa de la Marta Fernández, Augusto Rivera lo saludó y lo invitó a un trago, se lo tomó sin bajarse del caballo, después comentaron momentáneamente los éxitos de la gallera, y Augusto lo invitó a las carreras de cinta, por lo menos para ver a las muchachas.

Ramillete de flores diriomeñas esperando al galán vencedor de las carreras, reinas de vocación y de ansiedades cuando vieron a Manuel Esteban en el caballo, todas reconocieron al soltero, jamás se le habían conocido vicios. Se lanzó a las carreras, pero no tocó las argollas. Se fue al palco, donde las bellas damitas, entre tímidas risas adornando las fiestas bravas de galanes caballeros, esperaban ser las dichosas escogidas para orgullo de sus padres en la exquisita sociedad diriomeña.

– Voy a ganar para escoger a la más bella flor de tan florido jardín – dijo Manuel Esteban, provocando suspiros a la animada tropilla que se ruborizó por encima de los carmines de las boquitas pintadas. Ganó las carreras y se dirigió con paso firme a escoger a la reina. Sin vacilar se dirigió a Olguita Castillo, la hija de Don Camilo Castillo, la más linda muchacha que se había visto en Diriomo desde que Diriomo es Diriomo. Muchacha formal y de su casa. Candidata, no por pretensiones, sino para colaborar, para estar con las amigas, las muchachas de su edad. Todas acompañadas de sus madres. Jamás nunca nadie podría pensar que ninguna de ellas cometiera un desliz. Al elegir se adquiría, antes que nada, el compromiso del respeto. Aunque Olguita, que se sabía bella, era sumamente tímida, pensó que la elegirían. En el primer momento se sorprendió cuando Manuel Esteban, desde el caballo, le clavó la mirada. Después se sintió como que le correspondía. De todos modos, Camilo Castillo, estuvo contento de que uno de los Girones hubiera ganado y eligiera como reina a Olguita, ya se sabía que los Girones eran gente de mucho trabajo, de buen patrimonio y de buen ser. La gente consideró que un hombre con tanta suerte en los gallos completaba el ciclo de la suerte con la mejor mujer del pueblo. Camilo Castillo, a sabiendas de que principalmente bailaría con quien la eligió reina, la dejó ir a la fiesta acompañada por su mamá. De entrada bailaron una alegre polka, dos veces escapó de caer Manuel Esteban. Apenas daba los primeros pasos para dominarla. En esos días unos músicos gitanos la estaban poniendo de moda.

Los criados se regresaron para la hacienda por orden de Manuel Esteban, llegaron de noche y no avisaron que el muchacho se había quedado. Ellos sabían que por estar con eso del cruce de los gallos permaneció inmaculado desde la adolescencia. A lo mejor con las putas de las enramadas se desquitaría después que terminara el baile. Se les ocurrió mejor no avisar para que a nadie se le ocurriera ir a buscarlo. No lo dejarían tranquilo y el hombre necesitaba su desahogo. No fuera a ser se les ocurriera ir a buscarlo y lo encontraran en lo mejor. Ellos sabían que cuando Manuel Esteban se proponía algo, estaba en eso hasta completarlo. Por la mañana uno de ellos se apareció a preguntar si había amanecido en la casa.

–         Vos sos el que puede saber. – le contestó la Elena Mantilla desde adentro de la cocina.

–         Se quedó en la fiesta. La Elena tenía el don de los presentimientos con las desgracias deambulantes de este mundo que, de cuando en cuando, pasan rozando o dan de lleno a los Girones. Llegó allí hace cuatro generaciones de criadas y trabajó siempre en la cocina. Las Elena, se vinieron dedicando a descuerar a los Girones muchachos y a enseñarles mañas para hacer gozar a sus mujeres y para que no los fueran a engañar. Certeras en los consejos para que las putas no les pegaran malas enfermedades. Ella despuntó con Manuel Esteban. Lo tenía fresco por dentro todavía. En la mirada del criado recibió el golpe y se sintió mal. Salió desesperada, llorando por las desgracias que le sucedieron a Manuel Esteban en la gallera. Los clamores resonaron contra los cerros, vagaron por los potreros, se enfilaron por los caminos, llegaron al Diría con la salida del sol. Las mujeres se asomaron por los patios para ver pasar la noticia. Las ansiedades comenzaban. Antes que regresaran los cuentos, varios de los Girones saltaron de los corrales. No terminaron el ordeño de las vacas y se fueron para Diriomo. Llegando a la vuelta de Palo Quemado, cerca de los paredones, detrás del cementerio de Diriomo, Manuel Esteban amaneció tirado en el suelo. El caballo al lado. Al principio pensaron que estaba borracho. Al acercarse encontraron el enorme boquete de escopeta que le abrió el pecho. Le buscaron las bolsas, las alforjas y estaban completos todos los reales. Nada le hacía falta. Lo mataron para demostrar que lo podían matar. Ese fue el último día de gallos por varios años, tanto para los Girones como para Diriomo.

Averiguaron quiénes habían jugado gallos con él y después fueron donde Don Facundo Namoyure a consultar.

–         No fue ninguno de esos – les dijo desde que estaban en la puerta- ninguno de su mano. Fue mandado por paga, por buena paga, para que no tocara los reales del muerto y se viera que se le había mandado a matar para matarlo.

–         Lo debemos vengar – dijo José Esteban, su hermano.

–         Es larga la lista, fueron varios los que mandaron hacer el mandado.

–         Pues empecemos ahora, empecemos temprano.

Y así estuvo la cosa hasta que intervino la autoridad. Ese día, ellos se atrincheraron en las lomas, se prepararon con comida. Meses de odio llenos de sangre en los caminos. Las cosas comenzaron cuando apostadores de Nandaime y de Diriomo que habían perdido contra Manuel Esteban, fueron provocados por los Girones y muertos en duelos a balazos o en pleito directo a cuchilladas. Se organizaron en tropillas vigilándose las espaldas y mandaban avanzadillas para evitar matoneadas. No dejaban las pistolas ni cuando estaban con las mujeres. Se limitaban a viajar al Diriá o salían de madrugada a Masaya para hacer compras. A ningún desconocido se le permitía rondar por la hacienda y no se permitió que extraños llegaran a aguar las bestias cuando iban por el camino. Se mantenían informados del movimiento de sus enemigos. Después que José Esteban de la Chabela, primo hermano del muerto, cayó abatido a balazos echando maldiciones a los Talavera, esa misma noche, en el camino de Granada apareció Moncho Talavera muerto de bala. La carreta llegó a La Orilla, con Moncho todavía boqueando y mencionando el nombre de los Girones. En la plaza de Nandaime, en aparente riña de picados, murió Mercho Talavera, cuando cruzaba de donde Chambacú para su casa. En el expediente decía: “Muerto de bala por desconocido que se dio a la fuga”. Las autoridades al principio como que se hicieron las desentendidas y ni siquiera llevaban la cuenta. Fue después de una balacera en la plaza de Diriomo cuando entraron los Girones retando a cualquiera, la gente corrió a meterse a sus casas por temor de que alguien los denunciara con los Girones de que habían estado en la gallera. A los tres días hicieron lo mismo en Nandaime. Nadie los vio llegar, pero amanecieron volando bala por todos lados, llegaron a la plaza, se bajaron a orinar en el puro centro del pueblo y después se volvieron a los caballos y se regresaron, dejando sentenciado al que por pura casualidad encontraban en la calle. Por cada Girón que aparecía muerto se esperaban dos o tres familiares del mencionado como hechor. Hasta las mujeres se alistaron para andar fajadas con sus pistolas acompañando a los hombres. En esos años no dejaron que ningún pretendiente se les acercara. Varios de ellos se casaron en esos días entre los primos y hasta dicen que tuvieron hijos de los mismos hermanos. Cuando los llegaron a atacar, ellos estaban preparados por varios flancos para no ser sorprendidos.

Los estaban esperando. Un grupo de Girones dirialeños se mantenían en las cercanías del Diriá para atacar por retaguardia cuando fuera necesario. Antes que despuntara el día resonaron unos balazos del lado de La Zopilota, entrando por Rabo Lucio. Para los Girones era el inicio de una larga resistencia que habían andado provocando. La gente les cayó en su terreno. A Diriomo llegó la señal de la sangre que corría, a mediodía, en una carreta, y por la tarde ya se velaban dos personas y otros cuerpos que pasaron para Nandaime. Después de tres días de balazos y carretas con heridos y muertos, el juez, el cura y el alcalde junto con Don Camilo Castillo, acompañado de Olguita, llegaron gritando que se detuviera la matanza. Al silencio, los que estaban del lado del Diriá se vinieron y los encontraron en pláticas, pero no se acercaron a la hacienda. Namoyure fue a hablar por los Girones y a pedir garantías de que se castigaría al hechor de la muerte de Manuel Esteban:

–         Con eso quedamos todos conformes. Queremos a los dos, al que dio la idea y recogió los reales y al autor del disparo.

–         Los de la idea ya no están. Al hechor no lo conocimos. Los difuntos se llevaron el secreto.

–         Hay que ir a sacárselos al infierno – dijo Namoyure. Para ese momento habían sucedido diecisiete muertes, seis de los Girones, seis de Nandaime y cinco de Diriomo, más el hechor que se lo confesó al cura, no en secreto de confesión sino de denuncia de él mismo y pedía que al entregarse se le expiara su pecado. Su única condición era:

–         Que no me vaya a matar ningún Girón, porque desde que acepté sé que soy finado. Por lo menos, ya que no gocé los reales, me quiero llevar ese gusto. Después de todo, cuando lo llevaban al calabozo se le fue, contingensiosamente un tiro a Pedro Fernández Reyes Rivera Girón, hijo de la Matilde Reyes Girón, hija de Carlos Reyes y la Amantina Girón, que venía siendo bisnieta de Chechepe, casada con Don Pedro Fernández Rivera, de los Fernández Comayagua que Ies decían en Diriomo, cuyo abuelo había sido, hasta Presidente de Honduras. Juan Nepomuceno Fernández Lindo. Hombre letrado, de fina inteligencia, que gobernó Honduras, con el nombre de Juan Lindo, en cinco ocasiones. Natural de Comayagua y graduado de una universidad francesa especializada en Derecho Constitucional, venía directamente de la escuela de Tocqueville. Gran lector de Nicolás Maquiavelo, de la Biblia y del libro de los Césares, de Suetonio. Con todo lo cual, si no había aprendido a bien gobernar, por lo menos había practicado muy bien el simple acto de gobernar. Por eso fue cinco veces Presidente de Honduras, en Comayagua y Tegucigalpa. Todas las veces producto de revueltas, y en ningún caso Presidente por elecciones. En las cuales, además, no creía. Fue hasta que llegó Medinón con los Olanchanos que lo sacó del poder y lo buscó para mandarlo a fusilar. A esa hora estaba cruzando la frontera con Nicaragua. Cuando apareció el aviso de que se ofrecía una valiosa recompensa por su cabeza, ya fuera cortada o llevada sobre sus hombros, en carreta o caminando. Desde ese momento dejó de llamarse Juan Lindo. Juan Lindo, se instaló en Diriomo como una persona honorable y sin pasado que llegó a figurar, él y toda su descendencia como grandes bailarines en los eventos sociales. Desde su llegada se ofreció como profesor de letras latinas y retórica. Llegó a procrear la ilustre familia de los Fernández, porque en Diriomo desde el primer día se llamó Nepomuceno Fernández, con lo cual seguía siendo honorable y sus títulos seguían teniendo validez. Siguió siendo persona honorable y conservó siempre su misma fe de bautismo, lo único que hizo fue – como quien dice – hacer un poquito para adelante su nombre y su apellido. Su nombre completo, tal como aparecía en su fe de bautismo de la iglesia de Comayagua, era Juan Nepomuceno Fernández Lindo. Este fue el origen del varón ilustre que engendró honorable familia a la que lo Girones jamás le pusieron peros, por considerarla como sus pares. Eso era muy importante en Diriomo. Pedro Fernández Reyes Rivera Girón, considerado como de la familia, llegaba de vez en cuando a la comarca de Los Girones a traer bastimentos para la casa, no porque los necesitara, sino porque ellos le decían que era como obligación mantener comida de la misma tierra, eso los hermanaba más. A nadie se le ocurrió que el tiro fuera con mala intención, lo que pasa es que Pedro Fernández en ese momento estaba de Jefe de la Plaza de Armas en Diriomo, con diez mulatos de soldados y tres ladinos que le servían como secretario, segundo jefe y ayudante. La mayor parte del tiempo, para que no estuvieran de ociosos, los mantenía trabajando en su finca, de donde les daba la comida ahorrándole gastos a las arcas públicas, lo cual era tomado en gran estima por la población.

Mirando a los caminantes quedó la cruz que señalaba el punto de la matoneada de Manuel Esteban. Los viajeros temían la pasada por el lugar. No sabían cuánto tiempo había estaba el cadáver tirado, llenando de sangre y ansiedades de difunto el camino. Lo peor es que ni siquiera se sabía si había agonizado o si se había terminado de levantar el espíritu mientras se moría.

Olguita Castillo se fue a vivir a la casa de los Girones, y en adelante fue conocida como “la viuda”. Nunca nadie puso en duda su castidad. Todo Diriomo se mantuvo fascinado de la fidelidad de la palabra al difunto. Todos los meses, el día tres, colocaba manojos de flores en la Cruz que recordaba su muerte en el camino. El dos y el tres de febrero de cada año, de luto riguroso caminaba a pie desde la hacienda al cementerio del Diriá a ponerle sus coronas a la tumba. Los Girones y sus mujeres la acompañaban, y dejaban más flores que en las otras tumbas de los mismos Girones. Manuel Esteban las necesitaba; él había sido muerto sin esperar que le llegara su día, y seguramente andaba penando. Que por lo menos a la pasada por su lugar, viera los manojos de flores adornando su memoria viva.

(*) Carlos Alemán Ocampo miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua y destacado novelista.