Un Fragmento de la novela Margarita, está linda la mar. Parte 2

Del Doctor Sergio Ramírez Mercado

II Parte y última.

Desde los barandales del camión, reclutas rapados, de uniformes flojos, van regando carteritas de fósforos con la efigie de Somoza, que los niños recogen en algarabía.

Ya son las tres de la tarde. Rigoberto puede oír, mientras camina, el reprís vespertino de El Derecho de Nacer porque los radios están sintonizados en todas las casas en los 740 kilociclos de la YNW. Radio Mundial. Las voces de los artistas se derraman por encima de las celosías de las puertas, salen de los dormitorios y las cocinas y van persiguiéndolo por las aceras para esperarlo en la siguiente esquina donde los pasantes escuchan, las cabezas juntas, y un electricista que repara un medidor se ha quedado a medio camino al subir la escalera, el oído puesto en los llantos, las preces y los suspiros.

La Rosa Niña está sentada, al fin, en su sala, junto al radio Telefunken de baquelita celeste, colocado encima de la vitrina bajo llave donde se guardan, con sus respectivas etiquetas de cartulina, los artículos dejados en empeño por los deudores. Mantiene las manos aferradas a los brazos de la silla mecedora para detener el balancín que no debe alejarla de la caja del receptor en ningún vaivén involuntario, atenta al ojo mágico que parpadea a cada ráfaga musical, en el regazo su traje de velvet amaranto de condesa Ninoshka Andreyvna que hilvana mientras duran los anuncios del jabón Fab que lava y lava y nunca se acaba.

Desde el corredor escucha también La Mora Zela, las hojas del libreto a su lado, sobre la mesa, porque debe repasar su papel; pero se olvida de sus parlamentos marcados con lápiz rojo por el propio Lucio Ranucci, y dibuja al dorso de una de las hojas los rasgos de Albertico Limonta que no son sino los de Norberto, sólo que más delgado, y si tuviera a mano un crayón verde, sus ojos serían verdes, como insiste el narrador.

El doctor Baltasar Cisne se pasea yendo del corredor a la sala, enfurruñado porque su esposa pierde el tiempo en majaderías en lugar de apresurarse en socorrer a Lucio Ranucci que no cesa de enviar recados; aunque tampoco quita oído a la radionovela. Teme en sus adentro lo que pueda pasar, y sufre por ello: si don Víctor del Junco no recupera el habla, Albertico Limonta jamás sabrá quién es su madre; el ataque de apoplejía es gravísimo, así se lo ha confirmado su amigo el todavía doctor Atanasio Salmerón, miembro de la directiva de la Guardia de Honor, que nunca falla en sus diagnósticos.

Y es él, pese a su aparente disgusto, el que pide silencio a Rigoberto al verlo llegar, el cartapacio imitación cuero de lagarto bajo el brazo, indicándole con ademanes mudos que se siente. Rato más tarde, el ojo mágico se contrae en un espasmo de agonía a los compases iniciales del concierto para piano Núm. 1 de Chaikovski; y cuando el coro cantarino alaba por última vez al jabón Fab, se acerca furtivo al aparato de radio para apagarlo de un zarpazo, con aire indicativo, mientras el anuncio sigue todavía oyéndose desde la casa del vecindario. La Rosa Niña, que ya conoce este punto de la ceremonia, alza sus anteojos para secarse, otra vez, las lágrimas, y entra su aposento, el vestido de su actuación acunado en los brazos.

Sin perder más tiempo, el doctor Baltasar Cisne arrastra una mecedora y va a sentarse al lado de Rigoberto, el tomo de poesías completas de Rubén Darío en mano, dispuesto ya a continuar la discusión sobre los versos que serán grabados en letras de cemento en la base de la estatua. A eso viene, supuestamente, Rigoberto.

El doctor Baltasar Cisne le oculta, por un asunto de honor propio, que su intento de abordar a la Primera Dama para invitarla a inaugurar la estatua, había fracasado. Pero le informa, en cambio, que la solicitud de las lámparas el general Somoza la catalogó de muy importante, y fue apuntada por el secretario. Y cerrando de pronto el libro, acerca más su silla, y vigila la puerta con la mirada antes de hablar.

La gente que cuida a Somoza, anda muy pendiente de Cordelio le dice. Cada vez que oía mencionarlo, me daba un brinco el corazón.

-Y usted, ¿por qué se tiene que preocupar? -le dice Rigoberto.

-Vos me aseguraste que ya no se metía en política, lo cual no es cierto – le dice el doctor Baltasar Cisne

-Para el teniente Moralitos, es como si fuera el demonio.

– Es una exageración de ellos – dice Rigoberto.

– Nada de exageración – dice el doctor Baltasar Cisne-¡Y vos y yo en aquel barco con él!

– Ese Moralitos lo que busca es darse importancia – le dice Rigoberto -, Quiere demostrar que manda más que el Coronel Maravilla.

– En eso tenés razón -le dice el Doctor Baltasar Cisne – Desde la vez que lo mandó preso a Managua, cuando aquí era su oficial de guardia, no lo perdona.

-Ya sabe el general Somoza de tu propaganda tan inteligente para el estreno de Tovarich – se oye decir a La Rosa Niña, que sale de su aposento vestida de princesa Ninoshka Andreyevna porque tiene que tallarse el traje.

-¿Y por qué anda un presidente ocupándose de minucias? – dice Rigoberto.

– Se llama Van Wynckle – dice la princesa Ninoshka Andreyevna-, Un caballero muy serio. Habla un español perfecto, con acento argentino. Parece que estuvieras oyendo a Luis Sandrini.

-¿Y qué opina entonces Somoza de mi propaganda?- pregunta Rigoberto.

– Que un gran favor le hacían, porque así la gente debe pensar que es propaganda para su proclamación- dice el Doctor Baltasar Cisne.

-¿Y me mencionó él a mí como autor de esa propaganda? -Pregunta Rigoberto.

-Para qué mentir, no te mencionó –dice entonces la princesa Ninoshka Andreyevna, apenada de decepcionar a Rigoberto -. Y tampoco hubo tiempo de que nosotros se lo pudiéramos explicar.

– Mejor así, no se preocupe –dice entonces Rigoberto -. Que no sepa de mí. ¿Para qué?

– Pues que ya sabe de vos, creo que sí- dice el doctor Baltasar Cisne.

-¿Y por qué va a saber de mí? -Pregunta Rigoberto.

-Yo no oí, pero me contaron que ese tal Rafa Parrales pidió que te den un puesto importante, no sé de qué – le dice el doctor Baltasar Cisne.

-Por allí hubiera empezado -le dice Rigoberto -. Ojalá fuera un buen puesto. Jefe del depósito de aguardiente, me gustaría.

-Esos son puestos altos – dice el doctor Baltasar Cisne.

-Pues un puesto pendejo no aceptaría – dice Rigoberto.

-Empecemos -le dice el doctor Baltasar Cisne y abre el libro, señalando la página que ha subrayado -. ¿Qué te parece esto para una de las caras laterales? : Y León es hoy a mí como Roma o París.

Ya saben ustedes que la inscripción del frontis está decidida: ¡ay Salvadora, Salvadorita ..! Y la princesa Ninoshka Andreyevna va a dar en ese momento su opinión, pero se queda con la palabra en la boca: Norberto no aparece aún en la puerta pero el cascabeleo del motor de su jeep se oye ya de lejos, y lo oye también La Mora Zela que corre a la sala vestida con el traje de lamé dorado de la princesita Natasha Perrovna, aún suelto el ruedo, deteniendo en el último momento el impulso de su carrera cuando ya va hacia la puerta. El doctor Baltasar Cisne, por encima de sus anteojos, la paralizan con miradas de hielo: no vena Norberto a llevársela otra vez para pasearla en su jeep, que ese atrevimiento le ha costado ya a La Mora Zela duros castigos de reclusión; y menos, vestida de princesita Natasha Petrovna.

El jeepWillys descapotado de Norberto es sólo chasis, ruedas, timón, y los asientos delanteros. Un jeep como un caballito criollo, sin alzada y sin alarde de arreos pero muy propio para el trote manso, como le gusta a él conducir, deteniéndose, sin bruscos frenazos, junto a las puertas donde las muchachas sacan al sol de la calle sus mecedoras, o junto a las aceras del pretil alto donde se juega desmoche y puede él tirar sus cartas sin bajarse, un jeep para entrar a los patios arbolados de las cantinas, la palanca de cambios en neutro, el motor apagado, y arrimarse a una mesa, servirse, brindar, beber, el jeep donde pase a La Mora Zela a la vista de todos aunque juren los dos que se tratan de paseos furtivos.

El motor se apaga, Norberto aparece envuelto en Eau de Vétiver, todo halago, toda sonrisa, toda mansedumbre. Va y besa en la mejilla a la princesa Ninoshka Andreyevna que se deja besar, va y extiende los brazos al doctor Baltasar Cisne que le extiende sólo la mano, va y sólo le da la mano a la princesita Natasha Petrovna. Y va a saludar a Rigoberto pero desiste en el camino y más bien se ocupa de sacar el estuche de lo hondo del bolsillo del pantalón. Es lo convenido.

-El anillo -dice, y deja ver el estuche. Silencio, doloroso silencio. ¿El anillo? La ansiedad de la princesita Natasha Petrovna se extiende como un velo procelosamente agitado sobre la cabeza de la princesa Ninoshka Andreyevna y el doctor Baltasar Cisne siente la ondulación al rozar su cara. Es fácil para Rigoberto reclamar su estuche y terminar con el equívoco. En el guion está escrito que se trata de su anillo de compromiso. Pero sólo sonríe, juguetón, frente a la cara acongojada de Norberto.

Otra visita impedirá el desenlace de la escena. Descubriéndose de su sombrerito tirolés, entra el orfebre Segismundo. No piensen que se trata de una visita imprevista.

Camino a su joyería después de almorzar en una comidería del vecindario, donde se entretiene en pláticas de sobremesa con los estudiantes, siempre pasa por aquí. Ha visto, desde el principio, el estuche en manos de Norberto; lo reconoce, y sabe disimular su extrañeza. Y mientras se sienta en la mecedora, pide a la princesita Natasha Petrovna un vaso de agua que ella trae de la cocina en una escudilla que tiembla en su mano.

– Me vengo ahogando -dice el orfebre Segismundo, después de beber.

– Hay un calor de mil demonios –le responde el doctor Baltasar Cisne, sin quitar los ojos del estuche.

-No dice el orfebre Segismundo – Un solo demonio es el que hay, y está aquí en León. Y si me vengo ahogando, es de rabia.

-No se sulfure con la política -le dice el doctor Baltasar Cisne, resignado ya a cerrar el libro.

-No es asunto de política -dice el orfebre Segismundo, tras agotar el vaso de agua-. Es cuestión de sanidad pública. El aire huele a azufre, a mierda de diablo.

– ¿Se refiere al general Somoza? –le pregunta Rigoberto.

-¿A quién más? -le riposta, severo el orfebre Segismundo.

-A los estadistas hay que juzgarlos con serenidad -le dice Rigoberto.

– ¿Serenidad? ¿Qué palabras son esas en su boca, poeta? -le dice el orfebre

Segismundo -Serenidad es la que tiene el gángster ese. No le tiembla el pulso para ordenar sus carnicerías.

-Dejémosle eso a la historia –dice Rigoberto-. Solo la historia puede juzgar a los gobernantes.

-¡No salgo de mi asombro! Entonces, es cierto -dice el orfebre Segismundo.

-¿Es cierto que cosa? -le pregunta Rigoberto.

– Que usted va a asistir e esa fiesta de serviles, como afirma su novia -le dice él orfebre Segismundo.

-Voy porque tengo que acompañarla – dice Rigoberto.

-¿Y tú papel en Tovarich? -le dice la princesa Ninoshka Andreyevna, que se ha quedado de pie y tampoco deja de mirar el estuche.

– Llego tarde a la fiesta, no importa – dice Rigoberto.

-Para esa fiesta hay tarjetas numeradas, según oí en el almuerzo -dice el doctor Baltasar Cisne-, El mismo Moralitos va a controlar la puerta.

-Perdón, se me había olvidado que vienen ustedes de almorzar con el gángster -dice el orfebre Segismundo y mira con soma al doctor Baltasar Cisne, que prefiere hacerse el disimulado.

-El teniente Moralitos es una persona demasiado importante para ese oficio de portero -dice Rigoberto.

-Usted, poeta, como ya le mandaron sus invitaciones no necesita preocuparse –le dice el orfebre Segismundo, con la misma soma.

-Moralitos tiene que estar allí -dice la princesa Ninoshka Andreyevna, volviéndose hacia su marido-. Dijeron que sobre todo por ese hombre, Cordelio Selva. Lo andan buscando como aguja, hasta con fotos.

Rigoberto recibe el estuche pero no lo guarda en su cartapacio. Juega con él dándole vueltas, sin mirarlo, y apenas alza a ver a la princesita Natasha que ha ocultado el rostro entre las manos.

– Persona a la cual no tengo el gusto de conocer -se apresura decir el doctor Baltasar Cisne, sin que nadie se lo pregunte.

-¡Yo sí! -dice el orfebre Segismundo, y mira desafiante al doctor Baltasar Cisne, y después a Rigoberto-, Tengo esa honra.

-Cuidado lo oyen – le dice el doctor Baltasar Cisne-. Las calles hierven de espías.

-¡Claro! ¡Hay que bajar la cerviz! –le dice el orfebre Segismundo poniéndose de pie.

-No es para tanto, siéntese -le dice la princesa Ninoshka Andreyevna, queriendo más bien que se vaya porque estorba el desenlace.

-No, me voy -dice el orfebre Segismundo, y enfrenta a Rigoberto-. Por lo que veo, también es cierto lo del puesto en Novedades.

-¡Ese es el puesto que te iban a dar! –Le dice el doctor Baltasar Cisne a Rigoberto-. Te felicito.

El orfebre Segismundo, que ya se ha calado en la puerta el sombrerito tirolés, se vuelve de pronto hacia Norberto. Todavía no acierta a saber qué hace allí exhibiendo en la mano aquel estuche que contiene un secreto tan grave.

-¿Y ese estuche? -le dice en forma reprobatoria.

Rigoberto, callado, tampoco ahora va en su auxilio.

-Es un anillo matrimonial -dice Norberto, y no sabe por qué ha sonreído.

La princesita Natasha Petrovna, otra vez entre el pánico y la alegría, retrocede hasta la puerta que lleva al corredor. La princesa Ninoshka Andreyevna no puede evitar que sus rezos la hagan mover los labios. El doctor Baltasar Cisne, el tomo de poesías completas en su mano, pone cara adusta, como piensa que debe ser según la gravedad del momento.

-El anillo es para éste -dice Norberto por fin. Y se acerca a Rigoberto alargándole el estuche -. Todo el día lo he buscado para entregarle el encargo que me hizo.

Rigoberto recibe el estuche pero no lo guarda en su cartapacio. Juega con él dándole vueltas, sin mirarlo, y apenas alza a ver a la princesita Natasha que ha ocultado el rostro entre las manos. La princesa Ninoshka Andreyevna va a sentarse, impávida, a su mecedora.

-Mañana miramos eso de los versos, doctor -dice Rigoberto. Mete el estuche en el cartapacio, y se encamina a la puerta.

-Nosotros nos vemos en la función de ésta noche -le dice con voz desmayada la princesa Ninoshka Andreyevna desde su silla.

El orfebre Segismundo, muy pálido, está esperando a Rigoberto en la puerta.

– Entonces Ud. tiene un papel en la función de ésta noche -le dice con un vozarrón inesperado aún para él.

-Un aporte pequeño, una nada -le dice Rigoberto.

Anatole, encorvado y casi ciego ha sido por tres generaciones, criado de la familia, dejó en Moscú a su propia hija, viuda de un ferroviario, para venirse a París tras la princesa, sin otra cosa que hacer ahora que abrir la puerta cuando suena la campanilla, demasiado viejo para otros oficios.

-Él se ha encargado también de la propaganda -dice la princesa Natasha Andreyevna con la misma voz lánguida.

-Sí. Ya sé, todo eso de que pasara el 21 -dice el orfebre Segismundo, sin quitar los ojos de Rigoberto.

Rigoberto saluda con el cartapacio en alto y se va, pero lo sigue Norberto a la carrera y los dos se detienen en la acera donde los ve conversar de lejos. Y ya cuando por fin se aleja y va a desaparecer a la vuelta de la esquina, el orfebre Segismundo se quita el sombrerito tirolés y lo guarda contra su pecho.

(*) Sergio Ramírez, ganador del Primer Premio Internacional Alfaguara de Novela (1998), nació en Masatepe (Nicaragua) en 1942. Dentro de su obra literaria cabe destacar Tiempo de fulgor (1970). Charles Atlas también muere (1976). ¿Te dio miedo la sangre? (1997), Castigo divino (1998). (Premio Hammet Internacional), Clave de sol (1992) y Un baile de máscaras (1990).