La agresividad

Texto de Dr. Edsel J. Bixler Chanfreau

El ADN es el encargado de programar y hacer funcionar los procesos biológicos del cuerpo. Es el código que ordena la producción de moléculas de proteínas tanto estructurales como funcionales. Además, es el encargado de activar o desactivar los genes y sus interacciones. Esto sucede en todas las células del cuerpo; sean hepatocitos, neuronas, miocitos, eritrocitos, etcétera, en todas ellas se elaboran distintas moléculas funcionales. En el cerebro unas de estas moléculas son los neurotransmisores. La concentración de estas substancias, afectan el comportamiento, ya sea por exceso, deficiencia o balance adecuado. Pero, estímulos del medio ambiente también afectan la síntesis y liberación de estas moléculas; no solo en el cerebro, sino también en otras partes. Como ejemplo tenemos la reacción de las glándulas adrenales a un estimulo de susto o peligro.

La agresividad, que es un patrón de conducta de los gallos de pelea, está condicionada por la producción de moléculas neuroendocrinas. Las cuales, a su vez, son producto de la constitución genética del ave. Desde la década de los cuarentas del siglo XX, el zoólogo Dr. R. A. Fennell, de la Universidad Estatal de Michigan, publicó en el Volumen LXXIX de la revista “The American Naturalist” pp 142-151; que el valor y la agresividad son características heredadas, los cuales están más acentuados en los gallos de granja. Komai, Craig y Wearden han estimado una heredabilidad del 0.30 para la agresividad, mientras que Guhl, Craig y Mueller estiman que va 0.18 a 0.22. Para el caso es lo mismo, se demuestra que es una característica heredada. Las diferencias en el comportamiento agonístico de diferentes individuos, familias y razas infieren una herencia poligénica.

Tanto en humanos como en gallos de pelea, las alteraciones en la homeostasis neuroendocrina son la vía por lo cual se alterna los patrones de comportamiento. Específicamente, variaciones en las monoaminas se asocian con la actividad agresiva. En la naturaleza está asociada a la esencia de la vida; la selección natural para la sobrevivencia, así como el número de receptores de esta molécula se relaciona con la agresividad. En aves comerciales se ha demostrado que las más agresivas tenían niveles más elevados de Serotonina en comparación con lo más apacibles. El mismo resultado se obtuvo con la concentración de Dopamina y Epinefrina. Con referencia a la Norepinefrina no hay diferencia, por lo cual la relación Epinefrina-Norepinefrina (E/NE) es mayor en las aves agresivas. La evidencia científica indica que la selección genética que se ha llevado a cabo durante siglos en el gallo en sus diferentes funciones genéticas, a traído consecuentemente una reorganización del sistema neuroendocrino. Sus funciones fisiológicas y como resultado final de su comportamiento. Su propia genética y por ende su fisiología son los que rigen el deseo de pelea del gallo. En codornices japonesas (Coturnix japonica) también se demostró una relación entre el nivel de Dopamina y la agresividad. En síntesis: “El comportamiento y agresividad del gallo de pelea tiene origen genético”.


La crianza libre del gallo de combate es el más recomendable. En la gráfica, un criadero norteamericano.

Referencias

H. W. CHENG y W. N. MOIR, 2007. WPSJ. Mechanisms of Aggression and Production en Chikens: genetic variation in te functions of serotonin, cathecolamone and cortisone.

R. A. Fennell. The american Naturalist. Volumen LXXIX. The Relation Between Heredity, Sexual Activity and Training to Dominance-sobordination in Game Cocks.

A. M. Guhl., J. V. Craig y C. D. Mueller, 1960. Poultry Science. Pp 970-980. Selective Breeding for Aggresiveness in Chikens.

J. V. Craig, L. L. Ortman y A. M. Guhl. Animal Behavior, XII, I. pp. 115-131. Genetic Selection for Social Dominance Ability in Chikens.

Foto de portada: Un bello ejemplar de raza norteamericana, en un criadero de Texas, Estados Unidos.

Articulo tomado de la edición Julio – Agosto 2015